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La biología pone en evidencia la propia dinámica interna de la investigación científica, el
funcionamiento de leyes. De determinado componente material se siguen una serie de efecto,
los cuales permiten formalizarlos mediante ciertos métodos, hasta hallar una ley de
funcionamiento. Es la causa y efecto, perfilada en la física newtoniana: “actioni contrariam
semper et aequalem esse reactionem: sive corporum duorum actiones in se mutuo semper
esse aequales et in partes contrarias dirigi” (Newton, 1871, p.14), rescatada por la filosofía
de Comte:
“[…] Esta larga serie de preámbulos necesarios conduce al fin a nuestra inteligencia,
gradualmente emancipada, a su estado definitivo de positividad racional, que se debe
caracterizar aquí de un modo más especial que los dos estados preliminares. Como
tales ejercicios preparatorios han comprobado espontáneamente la radical vaciedad
de las explicaciones vagas y arbitrarias propias de la filosofía inicial, ya teológica, ya
metafísica, el espíritu humano renuncia desde ahora a las investigaciones absolutas
que no convenían más que a su infancia, y circunscribe sus esfuerzos al dominio, desde
entonces rápidamente progresivo, de la verdadera observación, única base posible de
los conocimientos accesibles en verdad, adaptados sensatamente a nuestras
necesidades reales. La lógica especulativa había consistido hasta entonces en razonar,
con más o menos sutileza, según principios confusos que, no ofreciendo prueba alguna
suficiente, suscitaban siempre disputas sin salida. Desde ahora reconoce, como regla
fundamental, que toda proposición que no puede reducirse estrictamente al mero
enunciado de un hecho, particular o general, no puede ofrecer ningún sentido real e
inteligible. Los principios mismos que emplea no son ya más que verdaderos hechos,
sólo que más generales y más abstractos que aquellos cuyo vínculo deben formar. Por
otra parte, cualquiera que sea el modo, racional o experimental, de llegar a su
descubrimiento, su eficacia científica resulta exclusivamente de su conformidad,
directa o indirecta, con los fenómenos observados. La pura imaginación pierde
entonces irrevocablemente su antigua supremacía mental y se subordina
necesariamente a la observación, de manera adecuada para constituir un estado
lógico plenamente normal, sin dejar de ejercer, sin embargo, en las especulaciones
positivas un oficio tan principal como inagotable para crear o perfeccionar los medios
de conexión, ya definitiva, ya provisional. En una palabra, la revolución fundamental
que caracteriza a la virilidad de nuestra inteligencia consiste esencialmente en
sustituir en todo, a la inaccesible determinación de las causas propiamente dichas, la
mera investigación de las leyes, es decir, de las relaciones constantes que existen entre
los fenómenos observados. Trátese de los efectos mínimos o de los más sublimes, de
choque y gravedad como de pensamiento y moralidad, no podemos verdaderamente
conocer sino las diversas conexiones naturales aptas para su cumplimiento, sin
penetrar nunca el misterio de su producción” (Comte, 1844, pp. 12-13).