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La estocada definitiva a la crítica del marxismo Benjamin la perfila con su concepto de la
historia, en el cual repasa lo que la conducción revolucionaria hasta el momento ha entendido
y hecho, en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, y las alianzas inesperadas de dos
enemigos claros, como el fascismo hitleriano y el bolchevismo ruso.
La historia para Benjamin trasciende el progreso, no consistiendo en la dialéctica hegeliana
de un amo y su esclavo, sino superando las categorías económicas, materiales, para
sostenerlas en el mero poder: los potentes aplastando a los impotentes. Sobre la dialéctica
siervo-amo Hegel (2010) nos dice:
“De primeras, la autoconciencia es simple ser-para-sí, igual a sí misma por excluir a
todo lo otro fuera de sí: a sus ojos, su esencia y objeto absoluto es yo; y en esta
inmediatez, o en este ser de su ser-para-sí, es singular. Lo que otro es para ella, lo es
como objeto inesencial, marcado con el carácter de lo negativo. Pero el otro es también
una autoconciencia. Un individuo entra en escena frente a otro individuo. Entrando así,
inmediatamente, en escena, son uno para otro en el modo de objetos comunes; figuras
autónomas, conciencias sumergidas en el ser de la vida –pues como vida se ha
determinado aquí el objeto que es–, conciencias que no han completado todavía, una
para otra, el movimiento de la absoluta abstracción, que consiste en aniquilar todo ser
inmediato y ser sólo el ser puramente negativo de la conciencia igual a sí misma, o
bien, que aún no se han expuesto una a otra como puro ser-para-sí, es decir, no se han
expuesto como autoconciencias. Desde luego, cada una está cierta de sí misma, pero
no de la otra, y por eso su propia certeza de sí no tiene todavía ninguna verdad; pues su
verdad sería tan sólo que su propio ser-para-sí se le hubiera presentado como objeto
autónomo, o bien, lo que es lo mismo, que el objeto se hubiera presentado como esta
pura certeza de sí mismo. Sin embargo, de acuerdo con el concepto de reconocer, esto
no es posible más que si cada una, la otra para ella, igual que ella para la otra, por su
propia actividad, y de nuevo, por la actividad de la otra, lleva a cabo en sí misma esta
abstracción pura del ser para sí.
[…] En esta experiencia le adviene a la autoconciencia que la vida le es tan esencial
como la pura autoconciencia. En la autoconciencia inmediata, el yo simple es el objeto
absoluto, el cual, sin embargo, para nosotros o en sí, es mediación absoluta y tiene
como momento esencial la persistencia autónoma, por sí mismo. La disolución de
aquella unidad simple es el resultado de la primera experiencia; a través de ella han
sido puestas una autoconciencia pura y una conciencia que no es puramente para sí,
sino para otro, es decir, que es en cuanto conciencia ente o conciencia en la figura de
la cosidad. Ambos momentos son esenciales: –como primero están puestos de modo
desigual y contrapuestos, y su reflexión todavía no ha resultado en la unidad, son en
cuanto dos figuras contrapuestas de la conciencia: una, la autónoma, a la que la esencia