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“Tiene a otro bajo su potestad, quien lo tiene preso o quien le quitó las armas y los
medios de defenderse o de escaparse, o quien le infundió miedo o lo vinculó a él
mediante favores, de tal suerte que prefiere complacerle a él más que a sí mismo y vivir
según su criterio más que según el suyo propio. Quien tiene a otro bajo su potestad de
la primera o la segunda forma, sólo posee su cuerpo, pero no su alma; en cambio, quien
lo tiene de la tercera o la cuarta forma, ha hecho suyos tanto su alma como su cuerpo,
aunque sólo mientras persista el miedo o la esperanza; pues, tan pronto desaparezca
ésta o aquél, el otro sigue siendo jurídicamente autónomo” (p. 90).
El poder de un hombre es entendido como derecho natural, emanado de la potencia creadora
de Dios o la Naturaleza, permitiéndole afirmar su esencia o negar la de otros, es decir,
permitiéndole subsistir frente a otro ser potente, cuya posibilidad última del ejercicio
dialéctico del poder es la violencia y el asesinato, o el derecho a la venganza.
“El derecho natural de cada hombre no se determina, pues, por la sana razón, sino por
el deseo y el poder. No todos, en efecto, están naturalmente determinados a obrar según
las reglas y las leyes de la razón, sino que, por el contrario, todos nacen ignorantes de
todas las cosas y, antes de que puedan conocer la verdadera norma de vida y adquirir
el hábito de la virtud, transcurre gran parte de su vida, aun en el caso de que reciban
una buena educación. Entretanto, sin embargo, tienen que vivir y conservarse en cuanto
puedan, es decir, según les impulse el apetito, ya que es lo único que les dio la
naturaleza, que les negó el poder actual de vivir según la sana razón. No están, pues,
más obligados a vivir según las leyes de la mente sana, que lo está el gato a vivir según
las leyes de la naturaleza del león. Por consiguiente, todo cuanto un hombre,
considerado bajo el solo imperio de la naturaleza, estime que le es útil, ya le guíe la
sana razón, ya el ímpetu de la pasión, tiene el máximo derecho de desearlo y le es lícito
apoderarse de ello de cualquier forma, ya sea por la fuerza, el engaño, las súplicas o el
medio que le resulte más fácil; y puede, por tanto, tener por enemigo a quien intente
impedirle que satisfaga su deseo” (Spinoza, 1670, p. 167).
Empero, la vida de los hombres no se reduce exclusivamente al ámbito natural, que plantea
un totum revolutum, la anarquía total, la imposibilidad de la confianza y la constancia plena