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a 24 años completó la educación secundaria (CEPAL, 2022d). El índice de paridad de género para
la tasa bruta de matrícula en educación superior muestra que 12 países de la región superan el
umbral de paridad a favor de las mujeres, que va desde 1,05 en México hasta 1,45 en Cuba (IEU,
2022). Hay más mujeres que hombres en la educación superior en todos los niveles. Sin embargo,
mayores oportunidades educativas para las mujeres no necesariamente significan igualdad de
oportunidades de empleo. Los nodos estructurales de desigualdad de género históricamente
persistentes en la región se expresan en brechas salariales, segregación ocupacional y
subrepresentación de las mujeres en campos que mejoran la productividad y la economía, como los
relacionados con la ciencia, la tecnología, la ingeniería y las matemáticas (CTIM) y la
subrepresentación general de las mujeres en la fuerza laboral.
En este contexto, la desigual carga de trabajo del cuidado no remunerado es un importante
cuello de botella estructural que impide que las mujeres participen plenamente y promuevan la
autonomía económica. Dado que las mujeres son las más afectadas por la crisis debido al aumento
del desempleo, el empleo informal, la pobreza, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado y
las condiciones de vida precarias, el impacto de la pandemia de COVID-19 ha expuesto e incluso
exacerbado estos problemas estructurales. El nudo de la desigualdad de género, durante la pandemia
de 2020, el número de mujeres que ingresaron al mercado laboral se redujo drásticamente,
marcando un retroceso de casi dos décadas (CEPAL, 2021b). Además, el impacto de la pandemia
ha acelerado tendencias regionales ya existentes, como los avances tecnológicos que han cambiado
los sistemas de producción, gestión y gobernanza en la región (CEPAL, 2018).
Ante esto, uno de los mayores desafíos es dotar a las personas de los conocimientos y
habilidades necesarios para enfrentar un entorno cambiante e incierto (CEPAL, 2019). La clave
para superar este desafío y los relacionados con las posibles desventajas de la automatización en el
lugar de trabajo y el acceso desigual de hombres y mujeres a este fin es la educación. Las mujeres
están subrepresentadas en los campos CTIM, una de las mayores brechas educativas que impiden
que las mujeres ingresen a la fuerza laboral. Las mujeres tienen tasas más bajas de ingreso y
retención en estas ocupaciones. Estas brechas comienzan temprano en su educación, se vuelven más
pronunciadas en la escuela secundaria y afectan sus carreras elegidas, lo que a su vez afecta sus
trayectorias profesionales y niveles de independencia financiera.
Entre 2002 y 2017, menos del 30 por ciento de los graduados en América Latina y el Caribe
ingresaron a la educación superior en un campo CTIM. Menos del 40% de los graduados de CTIM
son mujeres, y esta subrepresentación existe en todos los países, excepto en Argentina, Belice, las
Islas Vírgenes Británicas, Panamá y Uruguay. La proporción de mujeres que se gradúan en campos
CTIM puede haber disminuido en algunos países durante este período. Por ejemplo, en Chile, la
participación disminuirá del 22,8 % en 2008 al 18,8 % en 2017 y del 22,9 % en 2011 al 34,1 % en
2017. Ecuador disminuyó de 32,3% en 2008 a 29,2% en 2016, y Uruguay de 47,8% en 2008 a
44,6% en 2016 (CEPAL, 2019). La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura (UNESCO) informa que la representación de mujeres en la ingeniería, la
industria, la construcción y las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) es del 50% o
menos para todos los países considerados (ver Gráfico 2.7). Además, estas brechas de género